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Iam Tongi y la fuerza más poderosa del universo

por | Jun 18, 2023 | Libros para viajeros intrépidos | 0 Comentarios

¡Aloha! Hace unos días nos propusimos mostrar a nuestros hijos pequeños el video de nuestra boda. Ya han pasado cerca de nueve años, a primera impresión podrían parecer pocos, pero se asemejan a los primeros metros de una maratón, están llenos de expectativa, pero a la vez van templando el temperamento para lo que será el verdadero desafío, que es llegar a la meta. Sin embargo, la primera impresión se esfumó al vernos en pantalla. ¡Que distintos estamos! Pensé, los amigos, los familiares, los hijos mayores, Claudia, yo.

Me produjo nostalgia ver a tantos de los que no he sabido en tanto tiempo, otros que en ese momento no eran cercanos ahora son infaltables, algunos con parejas que ya no están, otros sencillamente ya dejaron este mundo. Fue curioso verme, con lentes y la barba extraña, el pelo completamente negro, pero sobre todo por sentir que estaba incompleto. Algo faltaba, no porque ya no sienta la compañía de todos los que estuvieron ahí en ese momento, sino porque los pequeños espectadores no eran parte de nuestra historia aquel día.

Benjamín, mi hijo de ocho años, se enojó porque no lo invitamos. «Hijo, tú aún no habías nacido», le dije y se quedó pensando, luego vino la reflexión que me sorprendió. «Entonces, eso era de cuando yo veía todo negro», sonreí. Intenté hacer el ejercicio que rápido él había hecho. Seguro hurgó entre sus recuerdos tratando de encontrar el más antiguo, aquel que lo acercara lo más posible a ese día y solo llegó a algún momento en que, a su parecer, veía todo negro.

Mi familia

La idea se quedó dando vueltas en mi cabeza como esa canción pegajosa que vamos tarareando indiferentes por la vida. Días después, sentado en mi escritorio, intenté recrear el ejercicio de Benjamín. Cerré los ojos, controlé mi respiración y comencé a buscar entre mis recuerdos el más antiguo, aquel que me lleve a lo más profundo de mi infancia, en una de esas lograba llegar al momento en que vería todo negro.

Recuerdos de niñez

Casi me quedé dormido sentado, lo que ya es usual, sin embargo, logré enfocarme lo suficiente para comenzar el viaje. Poco a poco me fui adentrando en mi infancia con incertidumbre y también algo de miedo. Me encontré con algunas imágenes claras y recuerdos vívidos, otros no tanto. Reviví también momentos que me conmovieron hasta los cimientos, recuerdos que despertaron el niño que aún hay en mí.

La calidez de dormir plácidamente luego de correr el día entero por el patio de la casa de mis abuelos y arropado bajo un chal sentir la mano cariñosa que me tomaba con cuidado para llevarme de vuelta a casa. La textura de las sábanas frías de la litera blanca de mi pieza. Intentar dormir mientras veía como las sombras de los rosales del patio, remecidos por el temporal que arreciaba, formaban figuras en las cortinas en medio de la noche.

Entonces, me encontré también con mis miedos. Las sombras se transformaban en los espeluznantes zombis del video Thriller de Michael Jackson que acababan de estrenar en Magnetoscopio Musical. La escalofriante presencia del psicópata que esperaba con un cuchillo escondido tras la cortina del baño o el crujido de la madera que asemejaba los pasos en el techo de la niña de El Exorcista.

Pero para mí, el mayor de los miedos era un clásico de la época, la Pantera Rosa. Disfrutaba ver sus historietas en la tele acompañada de la exquisita música de Henry Mancini. Sin embargo, cuando caía la noche y la veía asomar tras mi closet o detrás de la puerta de mi habitación o entre las sombras que formaban los rosales, ya no me parecía tan divertida.

A pesar de todo el pánico que mi imagiación provocaba, mis miedos se esfumaban al saber que en la habitación de al lado estaba mi papá.

Sabía que solo bastaba un grito para que él viniera a espantar todos los monstruos que rondaban en mi cabeza y en mi habitación. Crecí bajo la seguridad que solo el cariño de un padre protector puede entregar, la tranquilidad de que nada malo me iba a pasar porque él estaba ahí para ahuyentar a los monstruos de mi vida. Es un sentimiento que marcó mi infancia, mi adolescencia y mi vida entera.

De esto es de lo que se trata

Entiendo que no todos han tenido la dicha de experimentar al amor paternal de esa forma, que se entiende de una manera cuando es recibido, pero se revela en todo su esplendor cuando se puede entregar. Mi padre siempre ha sido mi referente, el parámetro, mi comparación, siempre he querido ser como él. Pero, solo lo entendí en su completitud cuando recibí por primera vez a cada uno de mis hijos. Ahí todo cayó sobre mí con una claridad abrumadora. Ese día descubrí, lo que es para mí, la fuerza más poderosa del universo.

Intento escribir sobre esto, intento traspasar esta experiencia y generar empatía al respecto. Creo que todos debemos experimentar ese nivel de energía, es realmente una fuerza sobrecogedora que te hace capaz de enfrentar cualquier desafío. Estoy convencido que los grandes momentos y decisiones de la historia han estado de alguna manera influenciados por este sentimiento.

Es tan poderoso que tenerlo puede significar todo y perderlo puede marcar aún más. Parece extraño, pero es así, su pérdida puede llegar a ser aun más motivacional. Si no me cree, pregúntele a Iam Tongi.

Cuando descubrí este video fue difícil no emocionarme. Para nadie, ni siquiera para el pseudo intelectual que dirá que esto es parte de un aparataje de marketing para vender más, debería ser indiferente que la historia de Iam es una lección real, no se puede falsear la emoción detrás de lo que expresa.

Este joven hawaiano de dieciocho años fue capaz de entenderlo todo bajo el yugo del dolor, la muerte es una lección implacable que moldea el corazón y el espíritu de las personas. No pretendo que todos tengan que experimentarla para descubrir el amor más poderoso, sino que debemos ser capaces de ver qué es lo más importante y utilizarlo como el motor de nuestras vidas.

No veo programas como American Idol, quien me conoce sabe mi desdén por todo lo que se parezca a un reality show, sin embargo, debo tragarme mi orgullo para aplaudir y agradecer por lo que han hecho al darle a este joven la oportunidad de contar su historia. Los jueces merecen un acápite aparte. Gracias a Dios aún hay gente capaz de entender y maravillarse por el talento y las historias que son realmente emotivas. Se comprometieron a tal punto que no les costó demostrar cómo cada frase los iba golpeando hasta las lágrimas. 

Este es un momento mágico que espero puedan disfrutar porque representa todo lo que quiero entregar. Mi sueño es escribir historias que provoquen lo que Iam Tongi provocó en mí.

P.D: Reconocimiento aparte a James Blunt, a quien había perdido desde Back to Bedlam, disco que me acompaño en mis solitarias caminatas por Hannover hace casi veinte años. Escribió una canción que debería ser conservada como un himno. Gracias James. Gracias Iam.

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